lunes, 3 de febrero de 2014

Volar.

























Hay niñas en el bosque,
niñas en alfombras y en camas
emergen de bañeras vaporosas o
saltan al agua entre risotadas o
ruedan por el césped y aparecen
dramaticamente tras las cortinas.

Con ese giro  parsimonioso
encima de la silla del tocador,
es cuando las vemos mirando
a la cámara por vez primera
y en uno solo de entre tantos planos
 se aprecia un destello
en esta mirada, tal vez todavía impúber:
destello de hartura o de ira,
de miedo, invasión, desagrado
o cualquier mezcla de todo lo anterior
y otra cosa más que no sé describir
              con palabras
algo que llegará un día para no irse,
registrado a través de una cámara de vídeo,
de un modelo que tal vez
ni siquiera se fabrique ya.

La grabación sigue mientras la niña se peina,
se zambulle en el mar de aguas claras,
corre cuesta abajo por el bosque,
es obligada a hacer cualquier cosa,
espiada mientras se cambia de ropa,
o mimada con carísimos regalos.

Llanto injustificado y pueril,
ira y desacato infantilizados,
estas películas sumen al espectador
en una nube de magia brumosa y brillante
que trasciende la pantalla hasta posarse sobre nosotras
una realidad/ficción en la que la abundancia de niñas es sólo aparente,
pues no hay niña alguna filmada en esas cintas
esa apariencia femenina singular es sólo una ilusión.
Un muy logrado truco de espejos o efectos especiales

Ninguna de ellas, ninguna de nosotras existe en realidad,
somos nada mas el producto de la imaginación
de directores de cine, políticos, fotógrafos, guionistas...

Estas niñas,
que corren dificultosamente
enfundadas en sus vestidos de vuelo,
moviendo los pies dentro del agua de la piscina,
y el cabello aun pegado a la piel,
que gritan en camas vacías de madrugada sin motivo aparente,
y son castigadas por "la justicia del cine" si acaso
osaran besarse entre ellas en un gesto
a veces incomprensible para nuestro espectador,
no existen.

El proceso físico es irrelevante,
pues el caso es que en apariencia,
estas cintas no reflejan nada.
Todas estas situaciones tratan  de pura ficción
de "amor" y de céspedes muy verdes, camisas transparentes,
alegres persecuciones, inocentes helados compartidos.
Fantasías oníricas de protagonista femenina, producidas
tal vez hasta mediados/finales de los años setenta.


Clavadas en un corcho en la pared,
atravesadas con un alfiler de plata,
el formol nos desodoriza, añadiendo
a la impecable apariencia un aire
todavía mas desvalido; una palidez mortecina,
hipersexualizada y frágil.

Esto atrae al público en cierto modo
de manera inconsciente:
El espectador, imperturbable, sigue a la espera
de la siguiente rosácea escena y quizá
sonríe por dentro, pensando en belleza de mujer.

Mientras nosotras nos retorcemos,
colgadas de un corcho pasado;
el mismo que se viene usando
desde muchas generaciones atrás.

Intentando zafarnos del metal del alfiler
con movimientos espasmódicos,
de sus miradas con hechizos lanzados hacia adentro.

Y soñando, mientras tratamos de conseguirlo,
 con volar.

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