viernes, 30 de noviembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Preventorio de la Sabinosa


Fuimos al preventorio de la Sabinosa, antiguo hospital para niños tuberculosos y orfanato abandonado.
Esto fue lo que encontramos en el tejado...





lunes, 12 de noviembre de 2012

Borrador II


La lluvia repicando, el gato maulla,
el puto ruido sordo de la lavadora que gira
a derecha e izquierda hasta llegar al tope,
de izquierda a derecha y vuelta a empezar,
el frío se cuela por los huecos
que dejan los cristales descuadrados,
están repartidos por todo el piso,
es una casa acristalada en la que cada puerta, cada ventana
da golpes movida por el viento.
Y los libros y libretas, los cuadernos,
las revistas, todo sin leer formando pilas
que parecen repentinamente llegar hasta el techo,
montañas de papel magnífico y creciente que se expande
en todas direcciones, como la arena del desierto
busca conquistarlo todo, trata de crear un mar.
Pronto nadaremos en libros, el viento
formará cierto oleaje moviendo las hojas despacio.

Tenemos frío, claro que siempre tenemos frío,
pero es una de esas cosas a las que uno se acostumbra.
Eso dicen ¿No? Que te acostumbras.
Que a todo te acostumbras.
A todo te acostumbras, dicen, y es clave,
eso dicen, que es clave para la supervivencia,
dicen, estar bien adaptado al frío.

domingo, 11 de noviembre de 2012

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Naufragios


Seguirte en cierto camino
es como pasear por un pantano
errar dejando atrás el camino de madera,
las señales de colores pintadas en los árboles.

Es cierta sensación de pérdida a cada paso,
un ligero emponzoñarse hasta mucho mas allá de las rodillas,
empaparse el sexo de barro, astillas y desperdicios ajenos.
Zambullirse hasta el plexo solar en la neblina fantasmal
hundir la carita en un plato de sopa exquisito aunque lleno de gusanos,
beber un mejunje envenenado, mojarse con gotas de sudor que no son de nadie,
llorar lágrimas de cocodrilo en riada, lamentar y adorar
y lamentar de nuevo la autocomplacencia, nadar
en inabarcables mares de autocompasión.

Como criatura mitológica o cefalópodo gigante enamorado, abrazar y destruir
y abrazar de nuevo los barcos. Sentir, como un regalo, el dolor
que produce cada una de las astillas clavadas. Sentir, como un castigo,
el rumor de cada embarcación destruida por errar en la medida del abrazo.
Culpar cada tentáculo, cada brazo, cada bocanada de aire
injustamente por la consecuencia brutal e inmerecida de sus actos.
Envenena, eso si, eso parece,
pero el veneno puede ser mas dulce si cabe
que el mas embriagador de los licores. Puede ser tremenda droga,
incluso resultando encantador, contaminar cada célula del cuerpo con el mal.
Pueden ser de terciopelo los puñales, puede acariciar y destrozar
y acariciar de nuevo el abrazo interno de radiactividad
en cada célula del cuerpo. Puede cada una de ellas sentirse adormecida,
incluso amada, mientras el mal metastatiza en los adentros.
Amargo veneno el sabor (ay) el remedio que pudiera combatir la enfermedad,
porque puede el mal ser vírico y ser dulce como ninguna otra cosa al mismo tiempo.

Es que amar una sustancia tóxica es escoger la mas certera de las muertes
querer así, en absolutos, es hundirse en las arenas movedizas.
Abandone toda esperanza cualquier casual caminante, nadie ha de tender una mano
a aquellos que sólo anhelan destrucción. Adorar una enfermedad terminal
significa invariablemente enfermarse poco a poco; rendir culto
a una destrucción temprana, aunque no por ello menos brillante.
Nombrar dios al virus, condecorar a la droga,
enarbolar la bandera de la toxina; sentir orgullo de este vicio atroz.
Sentir cariño y renunciar a la cura, sentir nostalgia
y enfermar del todo.


Idolatría.

Ante semejante vacío apremia la necesidad
de encontrar uno o varios dioses, pero
¿A quien culpar ante esta falta de fe?
Si ahí arriba lo único que devuelve el saludo
 son ciertas extrañas formaciones nubosas.
A falta de fe, podríamos
crear una figura mitológica cualquiera,
fingir que siempre estuvo ahí,
olvidar el camino de la idolatría,
hacia el cual se nos empuja sin piedad
ya desde el nacimiento, explorar,
 en busca de caminos nuevos,
quizá todavía a tiempo de escapar
ante la cornamenta del becerro.
Adorar a la nueva creación, adorarla
como los antiguos hicieran con el astro rey;
abrazar la nueva fe orgullosos, exultantes,
 abandonando así el vacío testigo del descreimiento,
 posteriormente relleno de materialismo.
 Sonreír y bailar.
Dar la bienvenida al nuevo niño Dios
que nos saludará desde lo alto con benevolencia,
ajeno como fantasía que es a nuestros intereses.

sábado, 3 de noviembre de 2012




Me gustaría poderlo decir, que fue a causa de un hecho concreto, que fue culpa, quizá, de otro alguien.
La verdad es que no. La emputecida culpa la tengo yo.
La tengo cada vez que su ausencia se me clava un poco, cada vez que su recuerdo despierta y el enfado consecuencia de su desvelo me castiga con este, el reproche de todas las palabras no formuladas.
Su mirada ausente me atraviesa junto con su manera de estar sin estar, la consistencia vaga y fantasmal, esa presencia efímera que impregnaba el mundo a su alrededor.
Porque quizá ella no estuviera, puede ser que aquella cercanía fuera nada mas que un producto de mi imaginación sobreexcitada.
Que ella nunca estuviera del todo aquí, que su manera extraña de permanecer fuera la de alguien que siempre perteneció a otra parte.