martes, 30 de octubre de 2012

Extraño mar






Sumergirse de nuevo en ese mar de cuerpos,
cálido y cercano que nos envuelve,
rodea cada poro de la piel
atacando por todos los flancos
asedia dulcemente
todos los frentes a la vez.

Pensamientos de saliva se derraman
de los labios hasta el cuello,
se deslizan cuerpo abajo,
van a parar a un río que se mezcla
con todos los otros ríos,
ríos tuyos y míos, que confluyen en un único caudal,
desembocando en el inevitable nudo de cuerpos.

El mar nos seduce, utiliza su propio canto;
es brazos agitándose sin cesar,
manos que se aferran como tenazas,
dedos que se retuercen con desesperación.
Los brazos nos atraen hacia allí
su movimiento frenético nos congela,
precavido por si acaso tuviéramos algún interés en escapar,
su mutismo como danza hace inevitable el naufragio
una muerte lenta y dulce por asfixia,
de un pálido color carne.

domingo, 28 de octubre de 2012

Lo que nos posee.


Objetos pertenecientes a vidas no tan lejanas, bienes preciados imposibles de volver a encontrar,
libros descatalogados, juguetes que nadie osaría fabricar en estos tiempos modernos.
Objetos diminutos y enormes, llenos de personalidad, brillantes, preciosos,
repartidos en cajitas dentro de cajones que a su vez habitan los armarios
empotrados en habitaciones polvorientas, girando a la derecha al fondo del pasillo,
quedaron relegados a una esquina de otra vida,
una que ya no tiene cabida en esta.
Abandonados en un recodo del camino sólo pueden recobrar el protagonismo en sueños
y en ellos uno se debate violentamente sin saber qué de todo escoger, qué dejar en la antigua casa escondida en el bosque ¿Qué traer aquí contigo?
¿No sería tal vez mejor olvidarlos todos? Liberados de la maraña de objetos que hace las veces de escudo,
preguntarse, quizá, qué es lo que hay debajo de ellos...

viernes, 26 de octubre de 2012

La niña satán



Un día fui una peca en la mano de un diablo y jugaba
moviendo los hilos del deseo en los demás,
forzando su risa, sus manos, el verles bailar
sacudidos por una ráfaga de intenciones equívocas.
Moviendo los pies así, como dando saltitos,
igual que lo hacen los maleantes en las películas de gangsters
cuando les hacen bailar con la inestimable ayuda
del entusiasmo de una u otra arma de fuego.
Era un pasatiempo inocente, para mi,
jugar a entrechocar,
a enredar esos hilos,
trenzarlos (nunca cortarlos).
Pero todo, ay amigo,
en esta vida todo se paga.
Por eso ahora tengo que saldar cuentas
por tan repentinamente descubierto
abusado y explotado divertimento,
 me toca seguir bailando en estas tierras
con el saldo sobrante de aquella resta.
Cómo iba a imaginar lo alto que iba a ser el precio
a pagar, ignorante como era
de la moneda en curso y su cambio.
Y ¿Qué es lo que quedó? Me preguntas.
Lo que queda aquí dentro es ya nada.

jueves, 25 de octubre de 2012

Memoria...




Olvidarme un poco de cuentos, intentar recordar
mis propias facciones de nuevo,
solamente durante un rato, rozar
estos labios ateridos con las yemas de los dedos,
¿Era castaño, el cabello?
Agitar las pestañas pegadas por el hielo, quizá
recoger alguna del suelo si el movimiento las quiebra.
Frotar con las patitas previamente relamidas los ojos
 quizá helados pero bien limpios y secos.
La neblina alejándose por momentos,
espesas nubes de lluvia asoman allá a lo lejos,
pero por aquí, por el momento, una sorprendente claridad repentina
exceso de luz saturando la vista, ciega
los ojos congelados derritiéndose despacio,
mutando el tono en sombras de colores diluidos.
Quizá con tanta luz no pueda distinguir, quizá
 el futuro de este cuerpo sea
oscilar incapaz de escoger, entre
 el frío entumecimiento y en contrapunto
la nada.

lunes, 22 de octubre de 2012

Duelos y quebrantos


Comprendo la tragedia, esa tragedia que es la mía,
naufragando en un barco que,
 sin llegar nunca a flotar del todo,
 no terminará de hundirse.
Y esa mueca que insinúa:
se te quiere, pero poco,
que te quiere a ratos solo
indiferencia en los días impares
pasión incontrolable el resto, para compensar.

¿Será cerrar los ojos lo que se debe hacer?
Rebajar las llamas del deseo
hasta reducirlas a manejables y tibias brasas,
agradecer el frío como fin único de la existencia,
habitar el hielo que es hogar,
ese único lugar posible.
Abrazar de nuevo la recientemente aparcada religión del yo,
cerrar las puertas por dentro, no sea
que la corriente haga volar los papeles.
Olvidar tu voz y tu pelo y tus ojos,
aparcar  falsas promesas de mi hacia mi,
aceptar que este terreno baldío no interesa mas
a ningun explotador latifundista y seguir
con la venta del terreno, el desarrollo de la industria,
quizá algún día reproducir hermosas obras brillantes, en masa,
asemejando bosques formados por plantas de metal.

domingo, 21 de octubre de 2012

jueves, 18 de octubre de 2012

III



Y así, de alguna extraña manera,
cada vez que conseguía provocar esa risa era como si
el hielo se fundiera y al derretirlo fueran cayendo objetos empapados al suelo:
algunos diarios ya ilegibles, antiguas fotos desenfocadas, pastillas de acuarela medio disueltas, peluches despedazados, ya irreconocibles.

En el centro de esa solemne bola de hielo, un guiñapo de carne humano ahora tendido en el suelo, rodeado únicamente de un charco inmenso y objetos inútiles.

II


Adoraba sus esquirlas,
 los diminutos fragmentos
me gustaba acariciar los trocitos restantes
lamer las virutas en el suelo
admirar el reflejo de la luz en esos pedazos,
el brillo irisado que provocaba el agua
resbalando sobre ellos, los ríos de sangre resbalando,
mezclados con gotitas de agua surgida del hielo,
derretido con el calor de estos abrazos intrascendentes cada vez
que saltaba sobre ellos, cuando todavía
no habían quebrado del todo la carcasa.

Es que los enteros simplemente se abrazan (al menos eso dicen).
Pero uno entero se ha de clavar los pedazos de uno roto si lo intenta, aunque sea, rozar nada mas...
Mientras que, de estar rotos los dos, poco pueden hacer mas que chocarse para esparcer los fragmentos diminutos a su alrededor en cada intento infructuoso.

I


Hay un bigote de gato en el suelo, está
mezclándose con la inmundicia acumulada
despacio, durante mas de cuatro días.
Una antena diminuta y delgada
se comunica con nosotros de varias maneras,
introduce ideas extrañas, a través
de la piel en nuestras cabezas.
Nos invade el pensamiento con extraña vibración,
una hebra blanquecina de aspecto insignificante,
arrancada involuntariamente de la bestia peluda,
reclama su diminuta porción de trascendencia.

domingo, 14 de octubre de 2012

La carne mas tierna.



Empieza a mediados del otoño, cuando el humo de leña sobrecarga el ambiente.
Se materializa el recuerdo, el suelo de las cocheras bien cubierto con pura tierra rojiza, ramas y paja. El animal peludo, blancuzco, atado colgando de una cuerda de esparto por la pata posterior se agita con locura.

Escasos minutos antes ha sido arrancado de la jaula de madera y metal que le ha dado cobijo, igual que la maceta es trampa para una planta, el destino preestablecido de esta criatura no incluye su exposición al sol, al menos, hasta unos instantes después de su muerte. Una vez convenientemente despojado de esa (al parecer innecesaria) capa de piel que incluye el pelaje le será permitido conocer la calidez de los rayos, podrá apreciar la caricia del viento una vez transformado su cuerpo en producto apto para el consumo, carne rosada extremadamente tierna despojada del fluido vital, procesada para satisfacer el gusto del paladar mas exigente.
Va cayendo la noche mientras se retuerce. Su baile desesperado va formando un reguero de sangre que salpica la puerta; madera mezclada con sangre, que fluye a través del material poroso conectado con el sistema nervioso del animalito todavía vivo.
La puerta de madera late al compás de las sacudidas , madera que grita herida de muerte, repudia la sangre sobrante que salpica formando un charco negruzco en el suelo.
Despojado de un globo ocular el animal aumenta la cadencia de su baile agónico hasta perder, poco a poco, las fuerzas y rendirse para siempre al frío.

Libera finalmente, con su rendición, a sus agresores de una larga espera en la noche de otoño tardío, dejando tres únicos recuerdos:
  Sabañones en los pies como único, diminuto gesto de justicia.
  Una mancha de sangre parda e imborrable en la puerta de madera.
  Un pellejo peludo curtido al sol, suave como terciopelo de olor acre y blancura inmaculada...
  Sin una sola gota de sangre.

domingo, 7 de octubre de 2012

Cuestión de fe.
























Yo no creo en esto, así que  sucede igualmente,
sin necesidad alguna de mi fe y, mientras tanto,
el hocico húmedo y peludo del durmiente
que como tu siempre busca la sangre
se restriega, se frota contra mis dedos.
En su sueño cree buscar el agua, quizá
cree buscar el calor de su madre o, también,
una manta aparcada detrás de la estufa; el sueña
siempre sueña con días de lluvia, sus bigotes recuerdan
el aroma del viento en otras ciudades.
La humedad huele diferente allí,
es incluso mas interesante asomarse al balcón.
Añora el temblor de estos bigotes la lluvia altanera y consecuente,
se enfada con la veleidad de este clima costero,
insiste en su deseo desafiante frente a las nubes
para volver adentro cabizbajo y rendido.
A veces se indigna ante mi ausencia
y el preludio de una pelea que es mas
una tentativa fallida de discusión,
un ensayo general de griterío rabioso,
se convierte en duelo silente de miradas
pero al final nos quedamos con las ganas,
la trifulca prometida se queda en nada y así,
con un poco mal disimulado de tristeza
volvemos cada uno a sus quehaceres.
La magia de los gatos no ha funcionado esta vez
pero el no dejará de intentarlo,
hará que nos mojemos todos con pura insistencia animal
y al mirar arriba nos recibirán sus bigotes,
ronroneando de placer puro y durmiente.

miércoles, 3 de octubre de 2012
























Podría ser diferente dicen que yo,
en mi rutina, siempre tan defectuosa
perturbo su absurda percepción generalista de lo correcto
que debiera transformarme, repentinamente, en otra cosa,
renegarme y toda la crítica negativa,
adoptar todo (cualquiera) juicio ajeno hasta conseguir
palabras suficientes para envolverme en ellas,
difuminarme en juicios ajenos y de algún modo
hacer desaparecer a ésta que habito, que me habita
o que yo qué se, forzarla a mutar en otra bien distinta,
una creada en base a las expectativas,
deseos y delirios de los demás.

Adoptar, de esta forma, costumbres una y mil veces
observadas en los otros, forzar la sangre,
que mueve este cuerpo, quieta y callada lo empuja al abismo,
a no manifestarse de formas tan violentas.
Desprenderme de ese cierto olor a muerte
que confiere la carrera inmutable y muda,
no pensar en lo cruel de la gravedad, abandonar las reflexiones
sobre alas y caídas en boca de otros.

Este es el cajero que hay debajo de casa:


























Luego diréis que no os avisé.