domingo, 14 de octubre de 2012

La carne mas tierna.



Empieza a mediados del otoño, cuando el humo de leña sobrecarga el ambiente.
Se materializa el recuerdo, el suelo de las cocheras bien cubierto con pura tierra rojiza, ramas y paja. El animal peludo, blancuzco, atado colgando de una cuerda de esparto por la pata posterior se agita con locura.

Escasos minutos antes ha sido arrancado de la jaula de madera y metal que le ha dado cobijo, igual que la maceta es trampa para una planta, el destino preestablecido de esta criatura no incluye su exposición al sol, al menos, hasta unos instantes después de su muerte. Una vez convenientemente despojado de esa (al parecer innecesaria) capa de piel que incluye el pelaje le será permitido conocer la calidez de los rayos, podrá apreciar la caricia del viento una vez transformado su cuerpo en producto apto para el consumo, carne rosada extremadamente tierna despojada del fluido vital, procesada para satisfacer el gusto del paladar mas exigente.
Va cayendo la noche mientras se retuerce. Su baile desesperado va formando un reguero de sangre que salpica la puerta; madera mezclada con sangre, que fluye a través del material poroso conectado con el sistema nervioso del animalito todavía vivo.
La puerta de madera late al compás de las sacudidas , madera que grita herida de muerte, repudia la sangre sobrante que salpica formando un charco negruzco en el suelo.
Despojado de un globo ocular el animal aumenta la cadencia de su baile agónico hasta perder, poco a poco, las fuerzas y rendirse para siempre al frío.

Libera finalmente, con su rendición, a sus agresores de una larga espera en la noche de otoño tardío, dejando tres únicos recuerdos:
  Sabañones en los pies como único, diminuto gesto de justicia.
  Una mancha de sangre parda e imborrable en la puerta de madera.
  Un pellejo peludo curtido al sol, suave como terciopelo de olor acre y blancura inmaculada...
  Sin una sola gota de sangre.

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