jueves, 18 de octubre de 2012

III



Y así, de alguna extraña manera,
cada vez que conseguía provocar esa risa era como si
el hielo se fundiera y al derretirlo fueran cayendo objetos empapados al suelo:
algunos diarios ya ilegibles, antiguas fotos desenfocadas, pastillas de acuarela medio disueltas, peluches despedazados, ya irreconocibles.

En el centro de esa solemne bola de hielo, un guiñapo de carne humano ahora tendido en el suelo, rodeado únicamente de un charco inmenso y objetos inútiles.

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