lunes, 10 de septiembre de 2012
























Me rindo a tus manos como una presa mal avenida ya ni desesperada.
Me rindo ante la mirada turbia, nadaré en esas ojeras, cada una de tus pestañas se me ha de clavar.
No será tu culpa la que precipite esto, somos poca cosa en realidad,
extrañas fuerzas aquellas que nos mueven, yo no sé.

Me rindo a tu sangre, mi sangre que corre derramada, se ha sobrado por los bordes de la cama
y cuando abrazándonos nadamos, nos acoge en su interior sin pedir nada.
Estos genes egoístas repulsivos de los que no tiene sentido intentar escapar nos mueven convulsivamente aun sin motivo.

Así que, rendidos, nadamos. Porque ¿Qué otra cosa hacer?.
Rendidos callamos, pues no hay palabras que usar como arma con la que combatir esto.
Rendidos, agotados ya negamos la evidencia y todo lo que ha de venir;
lo futuro, lo pasado, cualquier buen deseo triste y fútil,
nada importa ya aquí dentro, nada alimenta el brillo de una falsa promesa pulida.
Si la derrota es un jardín o un bosque o una selva,
quizá podamos construir cabañas en los árboles
desde las que observar a las fieras durmiendo;
Quizá la noche nos sorprenda entonces,
descubriendo nuevas especies vegetales, encantados.

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