miércoles, 12 de septiembre de 2012

Ahora que su imágen ya no está



Me levanto temprano por la mañana después de un sueño agitado en el que ella no aparece.
Preparo un té bien cargado; ni el aroma me recuerda a su cuello ni el borde de la taza lleva la marca de sus labios.
La tostada solitaria que acompaña ese té no cruje del modo en que lo haría su espalda al estirarse por las mañanas, el dulce de la mermelada no se parece en absoluto a su saliva.
Al caminar hasta el trabajo, su sombra no me acompaña por la calle ni me sigue...
Nada altera la quietud del teléfono mientras trabajo, ni cruza mi mente su imagen esperándome apoyada en la puerta de salida del edificio para ir a tomar un café y después quizá incluso al cine al concluir la jornada laboral.
No me acompaña por la calle, ya de noche, ni de pasada asoma ese pensamiento a mi cabeza mientras me dirijo a casa ya pensando en la cena que voy a tomar.
La silla, vacía a mi lado, no recuerda su presencia o su peso. No hay platos ni vasos vacíos para ella, buena prueba de que no la pienso ya.
Y al tocar las sábanas por fin, la cama no recuerda su respiración ni las sábanas reproducen su figura.
En mis sueños ya no hay espacio para ella. Todo es diferente, ahora que su pensamiento no está.

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