miércoles, 19 de septiembre de 2012

El esperado aroma del Otoño


Es en días como aquel, en noches como ésta. Durante el cambio de estación, este auténtico y sin embargo jamás oficialmente reconocido principio del año con sus hojas cambiando de color, sus inevitables zapatos nuevos, su vuelta al cole según reza la publicidad, su cielo nuboso sin estrellas. Nuevos planes apenas esbozados y fantasías risibles mil veces aparcadas (supuestamente a la espera de un momento mas apropiado).
Dar la vuelta a todo aquello; invertir el pasado, regresar a aquella casa y encerrarme, enterrarme en ella.
Sin luz ni comida ni agua ni el gato ni plantas, refugiarme bajo diez mantas, sepultarme bajo capas de ropa de viscosa finísima, esconderme entre las hojas de libros manoseados, de papel satinado en primera edición colorista de finales de los años noventa.
Dejar de escribir, de hablar, apagar el móvil y meterlo en un cajón o tirarlo por la ventana o al mar: mejor todavía estamparlo contra el suelo de asfalto indolente de alguna carretera comarcal.
Cerrar las cuentas de las redes sociales, no contestar nunca el teléfono ni el timbre, no abrir la puerta, jamás bajar a la calle, únicamente permitir a mi sombra polvorienta asomarse a la ventana una vez bien entrada la noche y con la condición de agacharse rápidamente en el hipotético caso de descubrir alguna mancha móvil allá abajo en la lejanía.
Esperar. Hacer de la espera un rito, repetir palabras hermosas como oración: que cada minuto de retiro en esa casa sea como un instante precioso de meditación en la montaña.
Esperar que las cosas ahí fuera cambien y las de dentro no sean tan confusas, esperar el tiempo necesario hasta la absoluta renuncia de esta identidad malparada y rendida.
Esperar a que el ego se ahogue en tanto ensimismamiento, que lo diluya la soledad y renacer un buen día, de repente, lejos de este valle estéril como un ser humano nuevo iluminado con la alegría que invade al audaz.

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