miércoles, 29 de agosto de 2012

Querido viejo mundo.


A veces te recordamos por las mañanas, por las noches.
Entre tazas de té y cervezas de litro de la marca mas barata nos vienen a la cabeza y a la boca pequeños detalles de cuando todavía estabas con nosotras o, mejor dicho, nosotras estábamos en ti.

Añoramos el aroma de tus desinfectantes no necesariamente industriales con un deje de pino, tus cajas llenas de galletas imperfectas fabricadas dentro del ámbito provincial.

Las cintas de cassette sin etiquetar que aparecían debajo de la alfombrilla del coche, dispuestas a sorprender.

Tus parques llenos de recovecos y de verde, tus bancos dobles para mas de seis personas, aquellos que utilizábamos incansablemente aun cuando les faltara una o varias tablas y permanecer sobre ellos representara muchas veces un reto.

Los trenes nocturnos con compartimentos y cortinas, los viajes de duración aleatoria. Las noches jugando a veo veo intentando ver aquello que fuera a través de la penumbra de la ventana, socializar con todo tipo de fauna y flora.

Todos los edificios abandonados a las afueras cuando todavía no había policía ni cámaras en las ruinas, vigilando que no nos acercáramos a los fantasmas.

Echamos de menos (y alguien se indignará por esto) fumar en los bares y en los conciertos. Beber en la calle con tranquilidad. Cuando nuestra presencia en la vía pública era un derecho y no un delito, vivíamos día tras día esa falsa sensación de libertad como un extraño tipo de alegría  que nace en la boca del estómago y se extiende hasta todo.

Lloramos tus últimos días, nuestros últimos días en ti, ahora que tu sombra se aleja poco a poco y somos conscientes de la nada que ha venido a reemplazar todas aquellas preciosas cosas.
Miramos a los niños que encontramos y pensamos en los que han de venir con algo de lástima, mientras toda aquella belleza va siendo reemplazada por una única gran ventana que todos compartimos, en la que nadie puede albergar la fantasía de escoger cualquier otro camino y es imposible sentirse a salvo.

Porque a veces, al ver a los demás rendidos y tristes, notamos que tu recuerdo ha sido reemplazado por algún tipo de extraña desazón colectiva.

Sabiéndonos animales de una especie rara lloramos tu ausencia, aunque parezca que ya nadie te añore intentamos mantener con vida tu recuerdo.
Soñando, en los días malos, con la destrucción de todo esto que ha venido a reemplazar aquello que llamábamos vida.

En los días tristes te echamos de menos.

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