sábado, 18 de agosto de 2012



Estas escondido en una zona del piso,
justo en el punto muerto de aquella esquina,
donde la luz titila y los gatos nunca juegan.
El resto de la casa no sabe cómo escucharte,
estarán ocupados con sus propios pensamientos,
o el ruido ambiente les ha mermado el oído y sólo
pueden intuir del latido de una presencia que no se manifiesta en exceso.

Tambien puede ser que no quieran verte,
pero yo se que estás ahí,
lo sé, que no nos dejas,
porque desde tu esquina se desprende un silencio un tanto frío
y también un sentimiento descorazonador
como el de un niño llorando despechado a su animal favorito, muerto.

Así yo te escucho: estas clavando, muy despacio,
alfileres oxidados en el pecho de todos aquellos
que olvidan lo que esconde y protege ese silencio.
Juegas a perforar lentamente las capas mas superficiales
de esta musculatura atrofiada, malherida e infame.

Se te puede ir un poco la mano y clavar demasiado profundo,
observando cómo la extraña infección que transmite tu metal,
tus cuchillas, se extiende y lo invade casi todo,
alterando el funcionamiento habitual de la maquinaria de éste corazón,
hasta acabar por convertirnos a todos los que escuchamos tu latido
en poco mas que un sueño de óxido volátil,
desprendido, levantado a veces por la fuerza del viento
y un poco de nada casi congelada con olor a flores secas, alcanfor y frío.



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