sábado, 25 de agosto de 2012




El sonido del teléfono a una hora intempestiva y la voz de mi padre llorando por alguien que ya no estará mas.
Murió y esa carencia deshizo todo el universo de nuestra infancia compartida, todavía precariamente hilvanada en aquel momento, gracias únicamente a su débil respiración.
Su corazón dejó de latir sin motivo aparente y el frío lo llenó todo durante unos meses.
A la vuelta felicitaciones de los otros, todos aquellos que no comprenden este invierno, por las preciosas costillas que ahora eran capaces de apreciar a través de la ropa.

El sonido del teléfono a cualquier hora, que me sorprende normalmente observando desde este lugar algo apartado...
En el que es fácil permanecer a salvo, porque mientras sólo se observa desde las alturas no hay mucho que perder.
Todo mantiene una quietud eterna.
Ya nada nace ni yerra ni muere.

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