domingo, 22 de julio de 2012

Hoy tengo un mal día y por eso voy a romper la tabla.









Me corté con un cuchillo de cocina. Te prometo que fue un accidente.
Lo pensaba mientras el líquido salía a borbotones "nadie se lo va a creer".
Manché los azulejos con una sangre demasiado roja, como de mentira.
Parecía sirope de maíz pero eso no importa porque no había nadie conmigo que pueda llevarme la contraria, así que su color es irrelevante y podría decir:

"Me corté con un cuchillo de cocina y me gustó"

O podría decir:

"Me corté con un cuchillo de cocina y el suelo se tiñó de azul".

Daría igual porque nadie podría llevarme la contraria ¿O me dirás que estabas ahí para verlo?
Los fluídos lo inundaron todo. Despues limpié con cuidado, ya no queda ni rastro.

El gato, antes gordo y mimado, me mira con cara de reproche.
Se acostumbra a comer cuando se puede, a dormir cuando le dejan, a recibir la cantidad de atención justa.
Poco a poco, sin estruendo ni quejas, vamos aceptando esta realidad en la que se tiene nada mas que un poco de lo que hay. Vemos pasar el día a día con ansiedad (o con calma), somos orgullosos supervivientes en un mundo hostil que nos ciega de tan blanco.

Hay demasiada luz por las mañanas, que a ninguno de los dos nos gustan.
El color monótono de esos cielos hace juego con los azulejos y con el contenido del plato, siempre tan blanco, tan blanco.

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