jueves, 7 de junio de 2012




Me pierdo en el sueño (un lugar extraño)
y entre todas las cosas que no son
aparecen tus manos, blancas y heridas
el abrazo de alguien que no está,
muchos objetos desechados,
y algún juguete (quien sabe por qué habrá sido guardado).

Me olvido en el suelo, dormida y aplastada
debajo de muebles abandonados por otros.
La voz de aquellos que vinieron conmigo ha escapado
fue difícil romper la puerta y ahora que no podemos hablar
nos comunicamos con gestos a la espera de quien venga a rescatarnos.

Todo se amontona en las esquinas de la casa
donde bailamos como maniacos, debajo de la luna
si el orden se invirtiera en un momento al azar
ninguno de nosotros se daría cuenta.

El libre albedrío nos agota muchas veces;
confunde las menos, tiene efectos extraños
incluso al buscarnos sin éxito dentro de los libros,
nos perdemos en subterfugios ajenos sin encontrar nada.

Ha de haber mas como nosotros, dices
agitando decenas de manuales de perversión.
Han de estar por aquí, escondidos en alguna parte.
Alguien debe de haberlos atrapado, quizá muchos años atrás.

Así que leemos de manera febril cientos, miles de páginas
buscando ese yo-no-se-qué en cada hoja
de cada una de las obras gloriosas
pero sólo encontramos caos y decadencia,
sangre, muerte, violaciones, excesos,
nada que tranquilice nuestro espíritu aventurero,
nada que alimente nuestro afán por pertenecer.

Todos esos libros no saben, ahora o nunca
nada sobre nosotros; no nos consiguen atrapar entre sus páginas.
Si, tirando la toalla, ese libro lo escribiéramos nosotros
al instante esas personas descritas en el tomarían una senda diferente
para en veinte o ciento treinta páginas distanciarse
todo lo posible de nuestras ideas, de nuestros gestos.

Acabarían reivindicando la independencia
de una manera muy poco forzada, sólo caminando en la dirección escogida
quizá perdiéndose en casas, buscándose en los libros,
frustrándose, escribiéndose, siendo sin ser.

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