lunes, 11 de julio de 2011

Tu voz se la llevará la sangre, recuerda lo que te digo.

Te acuerdas de la primera vez, mas de diez años antes.

La reacción de tu madre, mezcla de alegría y temor, al ser consciente de la conversación que debería haber precedido ese momento (pero nunca tuvo lugar).
La cara de tu padre al llegar a casa y el levantamiento de tremendo muro, probablemente forzado por los restos de años de educación machista.
A partir de ahora pertenecemos a especies diferentes. Ha sido un placer.

Todo el peso del evento a nivel social, sin contar con los cambios físicos.
Porque ya no queda bien que vuelvas a casa cubierta de barro despues de una tarde en el campo, con la bicicleta. Pero eso en realidad es lo de menos.

Todo el trabajo de investigación llevado a cabo durante los años empieza a tener sentido; aparentemente las expectativas respecto a tu persona han cambiado. Pero tus intereses siguen siendo los mismos...

Este cuerpo que crece y cambia de un modo ajeno a tus deseos. Sobre el que no tienes poder.
Matarlo de hambre y odiarlo no va a funcionar, así que resígnate.

Poco después, toda la atención negativa, creciendo hasta muchos años mas tarde (todavía no ha parado). Cambiará para hacerte miembro en pleno de un colectivo del que, posiblemente, nunca decidiste formar parte.

Comprenderás, tarde o temprano, que te ha tocado pertenecer al género que tiende a ser receptor del abuso...
Y a partir de ese momento, toda tu vida será una lucha o una huída interminable para escapar de las exigencias de otros.
Convenciones sociales, muchos ritos iniciáticos.
La perfección física, la represión emocional y la obligación, impuesta externamente, de complacer a los demas.

Odias tu ropa, tu cuerpo y todo lo que tienes alrededor. Los colores y la letra A.
La escisión, inevitable y generalizada, de algo que siempre debió ser un todo; nunca dividirse en dos pedazos incompletos con los que no conseguirás identificarte nunca.

Así que coges la bicicleta, escapas a las casas de las afueras.
Durante un par de horas rompes botellas cubiertas de polvo, abandonadas por otros hace muchos años.

Para brindar por la sangre.

Que has conseguido esquivar durante un tiempo, hasta que te ha encontrado.
Y permanecerá, con o sin tu consentimiento, recordándote mes a mes el peso que recae socialmente sobre este grupo al que, sin quererlo, perteneces, desde hoy y para siempre...

2 comentarios:

Frozen Hydra dijo...

Me suena y me siento identificada.
Me gusta mucho, sinceramente.
Tengo ganas de una conversación contigo con litros de te y horas por delante.

Manchasdetinta dijo...

♥♥♥

Yo tambien tengo ganas :)